Adíos Luisa

“La muerte agazapada marcaba su compas”, letras con las que ocasionalmente despertaba Ramiro. Ambos lo sabían pero no sufrieron con este conocimiento, no convirtieron sus últimos días en una elaborada historia de aventura y redescubrimiento. En cambio, decidieron que el mejor homenaje a medio siglo de matrimonio seria actuar como si tuvieran medio siglo más.

Luisa se levantaba en la mañana. Iba a la cocina, retiraba dos pocillos de la alacena, los colocaba sobre la mesa a su lado. Empezaba a calentar el agua, miraba por la ventana a su jardín, jardín el cual hace unos años podía apreciar con total perfección, cada hoja, cada color, la sombra generada por el sol. En sus últimos días solo veía figuras, vestigios de los que alguna vez fue. El agua hervía, agregaba el café, lo filtraba, lo servía en los dos pocillos y los llevaba devuelta al cuarto.

Ramiro se levantaba con el olor. Recibía el pocillo, le agradecía con una mirada a los ojos y un ligero esbozo de sonrisa, Luisa le respondía con una propia. Se tomaban el café en silencio y al acabar volvían a acostarse hasta que el hambre los levantara. Cada día se levantaban más tarde, cada día con menos hambre. 

A medio día Luisa atendía a sus flores y dejaba plátano alrededor de ellas para los pájaros. Ramiro la miraba desde la ventana por un par de minutos, luego recogía el periódico y lo leía. Luisa regresaba a la casa y juntos empezaban a hacer el almuerzo. Las comidas eran silenciosas con la ocasional interferencia de algún pájaro silbando en el jardín. “Qué lindo canta” decía Ramiro. “Es un sirirí” Respondía Luisa. 

Las conversaciones seguían un patrón. Hablaban de la comida, del clima, en las noches, en medio de la plácida oscuridad que llenaba la casa, mientras esperaban que el reloj marcara la hora y pudieran tomarse la última pastilla antes de acostarse, se acortaban de algún paseo juntos, de alguna persona que hubieran conocido, de algún momento ya pasado. Se tomaban su ultimo medicamento y se iban a dormir, sabiendo perfectamente que el mismo día les seguiría mañana.

Días

Imaginen el siguiente escenario. Están juntos abrazados en la cama, ambos respirando fuertemente, ambos expuestos, solo uno presente en la cama, el otro pensando en otras mujeres, en cuanto tiempo tendrá que esperar para salir de allí, en lo incómodamente caliente que se siente. Él siente su piel fría, recorre desde su extremidad más baja hasta su ultimo cabello. Algunos hombres dirán cosas como “sentía como su frio se iba disipando con la calidez de mi mano, como si fuera un ser incompleto y mi compañía fuera todo lo que necesitaba para estar viva”, en cambio, él solo piensa en las razones de su suavidad, en el tejido adiposo debajo de su piel, en las pequeñas imperfecciones que otros no verán. Piensa en que ella piensa que sus caricias son de ternura, cuando en realidad la está estudiando. Pasan 30 minutos y se quiere ir. Se imagina manejando hasta su casa y arriesgar su vida al ir a velocidades ilícitas. Piensa en que va a dormir y mañana, cuando se bañe, se ira aquel olor ajeno. Mañana volverá a ser él. Él y nadie más. Intenta pararse de la cama y lo critica, lo acusa de insensible, de usarla, de abandonarla. Tiene razón, pero lo único que él quiere es dormir en su propia cama. 


Se levanta sin permiso, se viste, deja los cigarrillos tal vez porque no quiere seguir fumando, tal vez porque quiere que a ella no se le olvide de quien son. Todo esto mientras ella se esconde debajo de cobijas en una cama desproporcionada para su tamaño. Está enojada. Él sabe que no la puede dejar así sin comprometer futuros encuentros. Se acerca, la obliga a besarlo y se desploma encima de ella como un oso infantil. Todo un gran acto de circo. Ella se deja convencer de que en verdad es un niño encerrado dentro del cuerpo de un adulto, de verdad cree en la inocencia de su partida, lo perdona y se lo comunica con un beso fuerte. Él, orgulloso de saber manipularla, se levanta y sale del apartamento con una sonrisa. Ella lo ve salir con una sonrisa y cree que está feliz, cree que ella lo hizo feliz, y eso la hace feliz. Pobre ser, que infeliz será. 

Raro

Hay alguien mirándome raro en el espejo, con ojos rojos, irritados. Hay alguien mirándome raro en el espejo. En el centro de esos ojos pupilas dilatadas, el fondo negro con el reflejo de un reflejo. Su cara se desfigura, pero su expresión es la misma, como si no fuéramos un mismo alguien mirándonos raro en el espejo. Nos estudiamos, jugamos a movernos lo menos posible e intentar ignorar que somos reflejos. La periferia se oscurece, solo estamos los dos. Nos sentimos honestos, reales. Aquí estamos. Si tan solo fuéramos tangibles. Se ve un ligero movimiento del parpado, se entiende que aquel es otro y se desconocen intenciones. Nos separamos, dejamos de mirarnos a los ojos. Decidimos que todo es un juego. Lo siento burlarse al verme salir, expectante de verme ante un mundo no menos real que el suyo.

Nos vestimos, agarramos nuestros objetos, nos acordamos del objetivo, evaluamos su importancia. Nos convencemos de que afuera habrá algo que nos carece. Esto nos parece importante. Nos decimos que la ausencia es real y que debemos ir en busca de algo que la oculte. Nos decimos que somos uno, que el universo es simple, que solo somos, que la cara que vimos, en aquel momento íntimo de honestidad, es una mezcla entre un delirio y una compulsión. Salimos.

Unos pasos fuera del hogar y nos encontramos la ciudad, como si el espacio no fuera un continuo y las paredes no fueran humanas. Sentimos de manera desagradable el sol. Todos los sentidos se ofenden. La luz excesiva se refleja en el pavimento como si fuera papel, quema la piel, incomoda al cuerpo. El mundo interno y el externo contrapuestos. Las paredes son humanas pensamos. Afuera solo hay más nada. La solución es ignorarlo. Se ignora. Duelen los ojos. Se continúa caminando. 

Caminar: dar pasos, mover músculos, visualizar el piso con sus grietas, percibir la distancia de los extraños, sentir el olor de asfalto, imaginar el destino, llegar sin nunca haber llegado. Encontrar el objetivo, configurar el orden de sonidos, esperar la voluntad del extraño, estudiar su tono, sus líneas faciales, sus entonaciones, los pequeños movimientos delatadores de sus extremidades. Descifrarlo, detestarlo, detestarnos. Sonreír. Agradecer. Ver en el vaso una superficie negra. Superficie negra de aroma quemado. Se ha llegado a un destino sin hallar el algo. Se enfocan ojos débiles sobre una superficie negra. Nos miramos raro en el espejo.